El PEAJE.
A las 4:10 de la mañana. Saliendo de la ruta 43 que va de Ashkelon a Jerusalén y tomando al sur por la recientemente inaugurada ruta Yitzhak Rabin se encuentra una cámara especializada-_ me advierte Koby- que detecta los números de las placas de todos los vehículos que transitan por allí y remite esa información a un centro especializado en donde se discriminan todos y cada uno de los usuarios de dicha ruta para cargarles a la tarjeta de crédito o al domicilio inscrito en el reporte de tránsito, la cuenta mensual por el uso de dicha ruta, que suma unos 35 shekels mensuales por vehículo. No se escapa nadie,- ya estoy advertido-, no existe modo de burlar esta ni ninguna de las 60 cámaras que se hallan instaladas a lo largo de esta ruta que prácticamente atraviesa todo el país desde el Líbano hasta la frontera con Egipto bordeando la frontera cisjordana hacia la cual me dirijo. Voy rumbo a la misteriosa y milenaria ciudad de Áqaba a orillas del mar rojo, pero para llegar a ese punto debo atravesar las infinitas llanuras del desierto del Neguev, uno de los más inhóspitos desiertos del mundo en el que fácilmente se llegan a alcanzar temperaturas de 50 grados a la sombra. Son las 9:45 de la mañana, a 140 kilómetros por hora y pareciera que no me estoy moviendo. El mismo paisaje, las mismas montañas al otro lado, hace cerca de dos horas. Son los montes rojos que bordean el mar muerto dándole ese contraste tan especial entre sus gamas rosáceas y la mancha plateada, quieta y aceitosa de las aguas sin oleaje, con esos cúmulos de sal muy blanca que le dan un toque ilusorio, nevado a estos agobiantes 46 grados de temperatura y 450 metros bajo el nivel del mar. Cuando comenzó el descenso sentí la presión en los oídos- cerrar la boca-tapar la nariz-soplar-listo, ya está resuelta la presión por el momento. Debo hacerlo cada tanto a medida que desciendo.
A las 11:30 de la mañana, Ya he pasado la solitaria ciudad de Arad, un extraño implante urbano en lo más profundo de las colinas que rodean el mar muerto y en un paraje que no ofrece absolutamente ninguna bondad con los humanos, se parece a lo lejos a aquellas colonias lunares que veíamos en las películas del espacio en los años 60 en donde se paseaban los robots androides del doctor Jonathan willowith y más tarde ocurrirían las transferencias moleculares del doctor Spock y el capitán Kirk en viaje a las estrellas.
Al llegar al cruce S-edom entre el mar muerto y el rojo me encuentro con la novedad de los años 80, la vieja e insólita granja lechera de Ein Yahav, una cría de ganado y planta de producción lechera en uno de los sitios más absurdos para esta actividad, sin embargo aquí están, creciendo, exportando y hasta con su propio aeropuerto para hacer llegar sus productos frescos al mercado. Incluso ahora tienen estación de combustibles y restaurante para los turistas que van camino a Eilat. Me detengo y almuerzo para descansar un poco, si en la ruta me he encontrado cuatro autos ha sido mucho. 14:00.
Retomo la marcha sobre la solitaria carretera con otros cuatro litros de agua fresca, un tanque de combustible lleno y algunas frutas para la cena de la noche.
Se empiezan a sentir los vientos fuertes de costado que golpean el auto al entrar en la llanura del Sinaí a menos de cincuenta kilómetros del paso fronterizo que divide a Israel de Jordania y a mas de 200 del golfo de Aqaba, la vieja ciudad atacada de sorpresa por Laurence de Arabia y un puñado de beduinos para expulsar definitivamente las tropas Turcas que controlaban la vieja palestina y que con el tiempo pasaría a ser el protectorato Inglés más polémico de la historia.
Esa historia del insignificante sargento Inglés que cambió el curso de la política occidental para siempre, fue romantizada por el también escritor Ingles D.H. Lawrence en el libro que le dedicó a las aventuras de este extraño personaje europeo en medio de un mundo que aún se regía por los principios de la edad media, con sus caravanas de camellos que cruzaban las viejas rutas de la seda cargadas de especies, marfil y sedas del lejano oriente en camino a los mercados de Damasco y el Cairo. Estas mismas Tierras que para los sheiks y los señores feudales no eran otra cosa que rutas sobre las cuales sólo se podía tener control parcial en los puntos de encuentro, ofrecer albergue y cobrar el derecho a tomar aguas del pozo para sus animales y descansar la larga travesía, eran para los Europeos atractivos campos de batalla para repartir en los grandes mapas que se extendían sobre las mesas del poder en Londres, Versalles o San Petersburgo. Todo eso, por el derecho a cobrar un peaje.
Sigo de largo hasta alcanzar el punto de chequeo entre los dos países. Pago la visa, 45 dólares americanos y 50 más por el auto. Espero unos 30 minutos más y finalmente aparece un policía Jordano con mi pasaporte y me pide entrar a la pequeña oficina. En un ingles mediocre me informa que las visas a los ciudadanos colombianos han sido canceladas. "Colombia is a miserable country, like Bangladesh or Africa....that´s why...!!" me responde., entonces me decido a resolver el problema y le entrego en la mano un billete de 100 dólares. El problema se resuelve.. Un peaje costoso para los pocos servicios que ofrecen, porque no hay ni una venta de refrescos ni una zona de atención al turista. Nada. La visa tiene una extensión de tres días y el permiso del auto un mes, no tiene sentido pero así son muchas cosas a este lado de la frontera.
17:00 horas. Continúo por la única carretera jordana que existe en esta parte de los montes rojos, pero esta vez en dirección contraria a la del lado Israelí. Son unos 200 kilómetros más para cruzar los montes rojos y llegar por la parte oriental a la vieja ciudad Nabatea. Luego de un cruce a cuatro vías que indica Damasco-Alqut- Petra- me dirijo por una carretera angosta de provincia al pueblo que hoy lleva el mismo nombre de la vieja gloria comercial de los tiempos de la biblia.
Al llegar al pueblito se puede parquear directamente sobre el camino empedrado que lleva a la "citadel". Se entra por una gigantesca falla geológica que corre paralela a las montañas. Parece ser una calle ancha tallada por el paso del agua hace millones de años y que desemboca directamente en una especie de laguna seca al final de unos 4 kilómetros.
A los lados de la gigantesca grieta se ven tallados en la roca dos canales de unos 50 cm que corren paralelos y en dirección a la fortaleza, sin dudas era uno de los métodos de recolección de la poca agua de lluvia que ocasionalmente les caía.
Son las 22:00 horas aproximadamente y finalmente estoy llegando a las primeras tiendas beduinas que hay a la entrada de la mítica ciudad de Petra, misteriosa mezcla de realidad y fantasía que todavía se niega a contar toda su historia.
Un viejo beduino se acerca y me ofrece una lata de coca cola de 350 c.c. y una botella de agua de un litro ...- twenty pounds- me dice.
No joda, pienso - con este cambio de moneda- a media libra jordana el dólar- esta vida es carísima- son muchos dólares por una coca cola- mejor me tomo el agua.
Luego el viejo me invita a pasar a su tienda y me siento a descansar en uno de esos malolientes y empolvados cojines, hechos de lana de oveja y que desde el mismo día de fabricación no ha conocido lo que es la limpieza. Cientos si no miles de turistas deben haber llegado a descansar sus nalgas en estos mismos cojines, pero en fin, yo vine a conocer la ciudad y no ha juzgar sus costumbres sanitarias.
Al rato el viejo beduino ya se acerca con una jarra de cobre llena de té y unos diminutos vasos de vidrio en la otra mano. Empieza a contarme las tristezas que ha pasado en este ingrato oficio del turismo, mientras me sirve un té ardiente y amargo que huele a las hierbas que hay en un montón tirado a un lado de la tienda, añora los días en que se podía vivir dentro de la ciudad amurallada antes de que la Unesco le mandara al gobierno Jordano sacar toda esa chusma y ponerle cara de patrimonio de la humanidad.
-todo eso fue pensado solamente en cobrar la entrada a los turistas- asegura el beduino.
-aiwa- le contesto- todo en esta vida es cuestión de recoger el peaje- esta era una de esas ciudades especialistas-
A propósito- me interrumpe-
-le tengo algo que le va a interesar y a mí a sacar de un apuro de plata-
-qué es?
-esto- y saca del bolsillo dos monedas muy viejas, parecen cuño romano, oscurecidas por el tiempo, en otra época fueron seguramente plata radiante con el busto de un rey o emperador con corona de laureles por un lado y un carro de tres caballos guiado por un hombre de pie sobre un coche de aquellos que usaban los egipcios, por el otro.
- me mira y espera a ver qué respondo-
-de donde salieron- le pregunto.
El beduino se acuesta sobre la alfombra y coge en cada mano una de las monedas, luego se cruza los brazos sobre el pecho y cierra los ojos, imitando la posición en que antiguamente se enterraban a los muertos, así como posa el viejo tutankamon en la sala de los tesoros en el museo del Cairo.
-peaje- me dice.
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