EL RABINO LOCO.
Claro que lo ví pasar corriendo en la bicicleta pero nisiquiera intenté detenerlo, yo mismo no podría haberlo descubierto porque entonces se diría que se trataba de una fabricación o de un montaje, era necesario dejarlo ocurrir y que otra persona lo descubriese así fuera tarde, o posiblemente se trataba de eso, de que se descubriese tarde, todas las profecías se decubren tarde.
El pobre viejo corriendo con su bicicleta por un lado de la autorruta a Gaza, en pijama y con los ojos desorbitados por el insomnio y la cantidad de pastillas que le habían embutido los últimos 3 meses, que se podía esperar del pobre abuelo. La gran dignidad ministerial tirada por el suelo en una carretera solitaria y asesina en la franja de su amado país. Ahora suena extraño, pero también tiene mucho sentido visto desde esta fecha. Shabetay siempre sintió en el fondo de su corazón el llamado a la profecía y a la lectura enfática del libro sagrado, a su lectura repetida y explicada de mil maneras, vuelta a explicar, a leer los comentarios de los comentarios de aquello que se comentó en los años de la construcción de Córdoba y luego lo que se dice que comentaba en la cash-ba y en Polonia en tiempos de Ben-zacai y luego lo que se comentaba en la sinagoga mayor de Beirut de donde partieron sus abuelos a la nueva tierra de América, más exactamente a Buenos Aires, el nombre prometía mucho, para mantener temporalmente alejados a los niños de los peligros de la guerra y que luego, con el pasar de los años y los buenos asados se convirtió en estadía permanente.
Al principio la idea fue sencilla y a Shabetay le caló bien: háganse de nuevo a la tierra prometida, que de ella dependerán los hijos de los hijos como está escrito y como se programó en los salones de la asociación con los jóvenes pioneros descendientes de aquellos. Pero el problema de fondo no era falta de material sino la ausencia de ese vínculo interior en la cadena de servicio. Me explico: ¿cómo es posible construir un ejército de conquistadores a partir de una larga e interminable multitud compuesta de todos aquellos que sólo han estado corriendo por todos los rincones de la tierra en busca de refugio ?
El sabía que la memoria colectiva albergaba una multitud de saberes que se sobreponen unos a otros en jerarquía de necesidades vitales, la supervivencia comienza en el plato y termina en la barraca militar, eso lo sabía y los descubrió un poco tarde el viejo rabino, para su pesar sólo algunos días antes de que lo llevaran a morir a un internado psiquiátrico en el desierto, ese mismo desierto que en público tanto había amado pero que en privado, en el fondo de su corazón odiaba y lamentaba haber cambiado por las hermosas y verdes montañas de Calafate y Patagonia tras haberse venido siguiendo las huellas de aquel polaco neurótico y mesiánico que fue a visitarlo tantas veces a su apacible y fresca Buenos Aires.
Faltaban clavos vitales para construir la nueva Arca le había dicho en una ocasión el viejo polaco convertido desde niño en mesías moderno, y tú Shabetay eres uno de ellos, tienes en la sangre la herencia de Rambam, su sabiduría y sobre todo los hijos de la tierra,tus hijos, deja que ellos hagan realidad el sueño del tercer templo¡!
Esas palabras le hicieron hervir la sangre, se le alteró el pulso cardíaco y sintió ese tibio calorcito divino que se siente cuando se descubre un secreto muy bien guardado o una nueva formacion cósmica. Era aquel hombre poderoso quien se lo estaba diciendo, era el legendario león de mil batallas quien estaba a las puertas de su casa pidiéndole que llevara a ese nuevo pueblo a la tierra prometida. Allí estaba esa pequeña multitud de chicas y chicos lindos y apuestos, llenos de rozagante juventud y deseos de recibir en sus manos aquella rica herencia que les había sido esquiva a sus padres y abuelos durante tantas generaciones, finalmente listos con sus uniformes deportivos nuevos recién planchados y sus largas cabelleras bien peinadas y lustrosas para las fotos del anuario, para las fotos de la prensa que los aclamaba como héroes de la promesa milenaria.
Allí corría el pobre viejo loco por esa carretera solitaria lamentando a gritos y arrancándose mechones de cabello que le hacían sangrar toda la cara y dejar tras de sí una delicada hilera de puntitos rojos que salpicaban desde la bicicleta. Finalmente, al cabo de tres horas de búsqueda y gracias a esas huellas de sangre dejadas a lo largo de la carretera descubrieron al abuelo tratando de saltarse la peligrosa concertina electrificada y dinamitada que separa los territorios ocupados de la milenaria ciudad de la esperanza.
En ninguna otra ciudad del mundo el hombre ha sentido tanta dicha y miseria juntas desde la edad de bronce hasta nuestros días como en esta. Allí llegaban sudorosos y muriéndose de sed los ejércitos del faraón luego de haber agotado las últimas reservas de agua en el camino de Kadesh. Allí llegaban los ejércitos de anta-jerjes para llenar con agua fresca sus alforjas y cisternas que habrían de dejar enterradas y ocultas a lo largo de su ruta mortal del desierto para los días del retorno, las mismas que encontraron los mecanizados de Rommel en su paso hacia Sicilia. Mucha gente ha estado retornando a estas tierras y todos, absolutamente todos han sido expulsados de ellas. Los pocos que han permanecido sólo conocen el asedio y la humillación, esa misma humillación que quemaba el pecho del rabino Shabetay en los últimos días de su vida por haber sumergido a su progenie en el fango de la guerra y robado la única posesión del filisteo.
El sabía que el castigo por haber venido a repetir el baño de sangre de sus antepasados era también cobrado en especie, en un poco de esa misma sangre que con tanto amor y delicadeza había protegido y arrullado en los hermosos días del calafate, del tango y la porteña. Lo sabía y lo había tirado por la borda cuando se embarcó con su mujer y los niños y ese selecto grupo de soñadores que tocaban guitarra y vestían de campesinos recogiendo naranjas y limones en los afiches de los guacales de cítricos de Jaffa que a propósitos les hacían llegar deliberadamente hasta Buenos Aires los astutos promotores del gobierno. Ellos sí sabían de que lado mascaba la iguana, ellos si sabían que estas extensas llanuras solitarias necesitaban ser justificadamente invadidas por hordas de colonos que llegaran a sembrarlas, a vivir en ellas, a reemplazar palmo a palmo todos y cada uno de eso pueblos miserables que habitaban los aparceros de vieja data y que aún no comprendían el futuro valor de su terruño. No sería fácil llevar a cabo ese reemplazo, convencer a aquellos para que llegaran a cumplir este objetivo, hubo que transformarlo en la promesa divina, maquillarlo con los colores del arte pop de aquellos tiempos, calzarlos con las sandalias idealizadas del profeta, ungirlos no con los aceites de cedro rojo del templo sino con el azuloso 20w20 de los winchesters y máuseres de la postguerra para proteger las granjas y las cercas de la ultima posesion de la colonia europea.
Ahora esa misma cerca que el había cuidado y resguardado toda su vida en compañia de sus hijos le impedía ser libre, llevar a cabo el último deseo antes de morir: correr hasta gaza y abrazarse al primer filisteo que encontrara en el camino, estrecharlo en sus brazos, sentir el olor de su pobreza y su miseria y pedirle perdón por haberle arrebatado la única posesión de su existencia.
